EN LOS ÁRBOLES PASAN COSAS MUY IMPORTANTES. Un cuento

Dec 15, 2019 - Por Lili Rico

“Quiero un cuento de ocho horas para el tercer domingo de abril, de esos de hacer fuerza y chocolatear los ojos”.

Comunicación negocios Historias y cuentos Inteligencia narrativa Storytelling

Tenía cuentos para casi todo, Bernardo. El cuento para vengarse de los remordimientos, el cuento sobre cómo aprender a sostener el alma en vilo; El cuento para comprobar si tu cuerpo te merece, o por qué definitivamente es cierto que no hay que creerle a la memoria.

Pero también contaba cuentos que no servían para nada, Bernardo. Cuentos porque sí, cuentos de un minuto, de veinte, de cincuenta minutos, cuentos de tres horas, de siete, hasta de doce horas, que eran su especialidad.

Tenía Bernardo la modalidad del cuento por encargo, cuya petición solía hacerse por escrito, con mucha antelación y dando suficientes detalles: “Quiero un cuento de ocho horas para el tercer domingo de abril, de día, de esos de hacer fuerza y chocolatear los ojos, pero que después nos podamos ir tranquilos a dormir, pues voy con toda la familia, diez y ocho en total, entre los que hay siete menores y dos abuelas”.

Titiribí era el nombre de ese pueblo perdido en una patria de montañas con árboles apretados en donde Bernardo contaba sus cuentos. Pero la principal ocupación de Bernardo no consistía sólo en contar cuentos, sino también en encontrar los árboles para sus cuentos y en encontrar lugares para sembrar otros para los cuentos venideros, porque en la naturaleza es en el único lugar donde se aprende a escuchar, decía, y los árboles son los seres que mejor pueden dar fe de ello.

Por eso los chicos, cuando no estábamos en la escuela, andábamos ayudándole a Bernardo a buscar árboles o a encontrar buenos lugares para sembrarlos, porque si no había árboles, no había cuentos y la vida sin cuentos sería, así lo amenazaba Bernardo, como si de un día para otro se acabaran de golpe los fines de semana y tuviéramos que seguir viviendo de lunes a viernes por siempre jamás.

– “¡Bernardo! ahí al lado del camino que va a la quebrada hay un Mango repleto de frutos maduros reventados por los pájaros, y huele a melcocha, le aseguro que ese está bueno para uno de infidelidad”

– ¡Que va a saber un sardino de 14 años algo de infidelidad, hombre!, pero déjeme ir a verlo, quien quita que ese sea el árbol para el cuento de ese par de viejos que aprendieron a ser viejos sin amarguras.

“Nada permanece quieto cuando hay un árbol cerca, caballeros. Al viento le gusta tropezar con las hojas, a los pájaros cagar en ellas, a la lluvia lavarlas y al sol secarlas”, nos explicaba Bernardo mientras removíamos la tierra. “Cerca de los árboles todo aletea, por eso los árboles ayudan a contar, nunca mejor que junto al árbol las palabras encuentran su vuelo natural: ser dichas para ser bien escuchadas. Porque escuchar no es solo oír, muchachos, escuchar es recordar a qué olía la respiración, cuál era el sabor de la saliva, si hacía frío o calor, si había luz u oscuridad. Y el zumbido de las moscas, el traqueteo de las ramas, los rayos de luz que dejaban pasar, el olor de la tierra, el color de los frutos, el dibujo de la sombra y de las trenzas de las raíces, todo eso es el escenario preferido de los cuentos.

– ¿Y cómo se aprende a encontrar árboles para cuentos?

Esa era la pregunta que siempre le hacíamos, en primer lugar porque nunca nos daba una indicación concreta porque sus respuestas siempre eran diferentes, y sobre todo porque de cada respuesta nueva aprendíamos algo muy práctico para la vida.

– Para eso se necesita haberlos mirado mucho. En eso, fíjense, los árboles se parecen a las mujeres.

Y nos explicaba que así como los hombres miran a las mujeres de diferentes formas hasta encontrar la mirada con la que a ellas les gusta que las miren, así, del mismo modo, había que mirar a los árboles: con interés, con embeleso, con vocación. A los árboles también hay que echarles miradas solapadas, tiernas, directas y descaradas, miradas de modista, tal y como pasa con ellas.

– Pero para eso no solo hay que tener el ojo entrenado, hay que haber gastado mucha vista en ello, igualito que con las señoras.

Lo cierto es que solamente con muchos años de experiencia se puede llegar a saber, por ejemplo, que es una barbaridad contar un cuento de traición debajo de un Sauce Llorón que tenga las ramas demasiado caídas y grises, porque él ya tiene bastante con llorar su pena, a ese hay que alivianarle la existencia con un cuento de políticos pendejos por ejemplo, o imagínense ustedes, tener la osadía de contar uno de espantos junto a un papayo de fruta madura, con eso lo único que se conseguiría sería agriar el fruto. En cambio, piensen ustedes caballeros, qué mejor escenario para contar un cuento de amores sofocados que bajo el olor de las guayabas sudorosas de mayo, o uno de ambición y venganza debajo de un eucalipto torcido, agalludo y frío, de pierna larga y raíces clandestinas, ¡bajo la luz de una noche sin estrellas!

Para Bernardo los árboles no sólo eran el mejor escenario para aprender a escuchar, además, él estaba convencido de que los árboles tenían el poder de cambiar el destino de las personas y para comprobarlo, pero sobre todo para que no nos olvidáramos nunca de ello, al comienzo de cada cuento, cuando medio pueblo se sentaba con todo previsto no más que para escucharlo durante horas y horas, nos contaba la misma historia milenaria, que tanto nos impresionaba, sobre un hombre que encontró un tesoro cuando lo que quería colgarse de una soga.

“Esta es la historia de dos hombres cuyo destino decidió un árbol. El primer hombre no quería vivir más y salió con una soga en busca de un árbol que debía ser perfecto, con la rama a la altura adecuada que le permitiera colgarse sin fallar. El segundo hombre había recibido su herencia y salió a buscar el árbol perfecto para esconder su tesoro y que al mismo tiempo le permitiera recordarlo, diferenciarlo de los demás árboles del camino. Ambos encontraron su árbol”.

Y aquí hacía una pausa larga, como para que todos los presentes supiéramos que lo que venía a continuación era una gran revelación, y para ello ponía al árbol de testigo. Luego, continuaba narrando como siempre, con la voz y los ademanes templados que sólo tienen las personas que se han acostumbrado a decir la verdad:

“El primer hombre, en el momento de colgarse de la soga, encontró el tesoro y en el lugar del tesoro, dejó la soga, y el segundo hombre, al no encontrar el tesoro, se ató al cuello la soga que allí encontró”.

Y entonces se hacía un silencio estático de unos cuantos minutos durante los cuales lo único que se movía era los labios de Bernardo pronunciando el conjuro para invocar al espíritu del cuento, de siete, nueve, doce horas, después de las cuales nadie volvía a ser el mismo.

Y tras el colorín colorado, ¡sálvese quien pueda de los efectos secundarios de los cuentos de Bernardo!, porque todos los oyentes más tarde o más temprano éramos víctimas de ellos. Algunos efectos sólo duraban unas semanas, como el pánico a quedarnos sin luz para dormir, o el ver sospechosas a todas las señoras del pueblo con uñas largas como las de las brujas que le hacían trenzas a los caballos la víspera del Viernes Santo. Sin embargo, otros han permanecido para siempre entre nosotros, como la costumbre de mirar a las mujeres como a los árboles y a los árboles como a las mujeres, no en vano Bernardo siempre nos lo advirtió: caballeros, en los árboles pasan cosas muy importantes.

Fin

Las empresas son como los árboles:

Esta historia la escribí hace rato y hoy releyéndola, pensé que las empresas son como los árboles, son seres vivos que generan permanentemente historias, historias que las nutren por dentro (como si fueran la sabia) y también por fuera, porque ayudan a embellecerlas, a darles su color, su tono, su forma, a construir su imagen, su sello.

Una empresa es su conversación: su conversación interna y externa. Si la charla interna fluye, bulle, está activa, la externa también lo hace. Por eso hace tiempo entendí que el protagonista, el más importante actor es el cliente interno, él es el primero que debe aprender a reconocer el valor de las historias: de las propias (y aprender a contarlas), las de sus compañeros, para aprender a escucharlas, a respetarlas, a disfrutarlas, a replicarlas, y entre todos construyen las historias de la organización.

Las historias son un puente entre las diferencias internas, el escenario de la puesta en común de los sueños de las personas, de sus mapas mentales, de sus ideas y acciones. Las historias son pegamento de equipos e ideales, pero sobre todo, las historias alegran la vida de las personas y de las empresas.

¿Cómo estas tú y tu marca, tu empresa de Inteligencia narrativa? Cómo es la historia de tu empresa? ¿Interesa, dan ganas de compartirla? ¿Cuánto te está costando no saber contar lo que te diferencia?

Contar la la historia de tu marca debería ser fácil. Pero no siempre lo es. Si no sabes cómo hacerlo para que impacte, para que enamore, para que den ganas de hacer parte de tu universo de marca o de empresa, yo te acompaño a encontrarla y a contarla para que sea la que hable por ti en tu web, en tus redes sociales, en tus presentaciones. ¡Hablemos!

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